Las cosas como son (y como no son)

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Se entiende (o yo entiendo, pues) que, sobre valores como legibilidad y perdurabilidad, entre otros que el arte contemporáneo (me da por pensar) ha dejado de lado, cada nueva creación ha de prevalecer gracias a su carácter imprevisible y, sobre todo, a la singularidad a la que aspira. La excepción es a un tiempo el ideal y la norma: cosa que conviene tener en cuenta para que nuestra comprensión (o la mía, pues) renuncie a la tentación de la negligencia o la mera haraganería, y admita atarearse de modo supuestamente más provechoso en las perplejidades que puede llegar a enfrentar —así nunca alcance a resolverlas, o sólo consiga desconciertos reduplicados siempre que continúe preguntándose qué es lo que presencia, y por qué. Es decir: en lo único de cada creación estriba la razón última de nuestra atención, o al menos en la figuración borrosa de que nos hemos topado —de que debemos habernos topado— con algo que carece de antes, por fácil o difícil que resulte conocer los precedentes y la historia de ese algo, y como sea que se pueda (o que importe) reconstruir dicha historia.
            Si no es excepcional, no es. O es, vamos, pero interesa menos o nada o sólo existe como pretexto para la sorna o el tedio —lo más frecuente. Se entiende también (o soy yo el que va entendiéndolo así) que el arte se construye contra la indiferencia; que, por mucho que sus hacedores puedan fingir lo contrario, trabajan en interpelar a sus espectadores, y que en la medida en que una obra exija ser interrogada —aunque obra, me parece haber oído por ahí, ya también es una noción que ha de manejarse con pincitas, porque huele un poco a cadáver— está cifrada su seguridad: mientras pulse su naturaleza de hallazgo, de formulación de lo impensable, el hecho artístico estará dotado de una suerte de fuerza gravitatoria por cuyo influjo irá orientándose cuanto vaya surgiendo después —siempre y cuando nuestra atención como espectadores se avenga a seguir siendo interpelada, pues nunca es imposible renunciar y mejor dedicarse al dominó, a darle de comer a las palomas, a la repostería o a cualquier otra forma más gratificante de la ociosidad.
            Por esa prevalencia de la excepcionalidad como aspiración suprema del hecho artístico, resulta por lo menos abusivo que, invariablemente, se espere del espectador un acercamiento no sólo sosegado y ecuánime, sino además creativo de inmediato, y que se deshaga cuanto antes de impresiones espontáneas (el espanto, por ejemplo, o la pereza, o incluso la complacencia de los sentidos), para que en cambio proceda a la consideración circunspecta, renunciando por principio a consentirse ninguna extrañeza —que, si no hay más remedio, sólo será tolerable si al fin queda envuelta en las explicaciones y justificaciones de rigor. La experiencia ha de ser un ejercicio de prudencia y de humildad: nada de juicios veloces, nada de chasquear la lengua, y mucho menos una sonrisita sarnosa; alzarse de hombros y dar media vuelta es una claudicación, o bien el reconocimiento de la propia zafiedad. Y digo que es abusivo proscribir, en la comprensión del arte, toda manifestación de desconcierto, porque la materia prima del hecho artístico es precisamente nuestra desprevención. (Ilustración grosera —y de paso anuncio que ya no voy a volver a escribir aquí «hecho artístico», porque ya me harté—: si quieres pegarle un susto a alguien, te acercas en silencio y sin que se dé cuenta; no puedes esperar que, acto seguido, empiece a preguntarse por las implicaciones socioculturales de que el piquete que recibió lo recibiera en las costillas, o qué significados subyacen en el hecho de que hayas elegido una máscara de gorila, o cómo, en qué contexto y según cuáles autores, tendría que interpretarse el «¡Bu!» que tuviste a bien añadir. Sólo habrá un alarido, primero, y enseguida un arrebato de furia o un ataque de risa: no más).
            Hablo del espectador como hablo del crítico, pues no encuentro que tenga mucho sentido distinguir a uno de otro —como no sea porque el segundo extiende y pormenoriza sus juicios para obsequiárselos al mundo, en tanto el primero nomás queda rumiando a solas, o ni eso. Y tengo la sospecha de que para ambos, que vienen siendo el mismo, el trabajo intelectual que demanda el arte contemporáneo ha devenido, en buena medida, un asunto de etiqueta: una regulación tácita de los modales según la cual toda objeción automática es automáticamente objetable, y por la que debe recelarse del recelo si no está expresado, paradójicamente, como una atenta forma de ponderación; de ahí que los exabruptos, las preguntas sinceras o los sarcasmos sean infracciones propias sólo de asnos majaderos que no merecen más que desdén. Más injusticia, si cabe: cuando es tan frecuente saber de artistas cuyos empeños están definidos (o eso vienen a contar) por la ironía, luego resulta que hay que abstenerse de ironías a la hora de vérselas con ellos —lo que más que irónico resulta ridículo, vamos diciéndolo como es.
            Y es adonde quería llegar. A las dificultades de decir las cosas como son, a las posibilidades que cancela la represión del llano parecer, canjeado siempre por elaboraciones elusivas respecto a lo que muy probablemente no las merezca y mucho menos las necesite. (Posibilidades, por ejemplo, como las que exploró y usufructuó con genio insuperable don Isidro Bustos Domecq, el escritor que un tiempo dio en comparecer en la colaboración de Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares: concretamente en sus Crónicas, de 1967, en realidad exordios fascinantes a las obras de artistas absolutamente inusitados y deslumbrantes... por fatuos, desorbitados o imbéciles. Toda una lección del beneficio que la parodia y las puras ganas de joder rinden a la apreciación del arte). A veces escucho por la radio a una crítica empecinada en dejar claro —supongo que hará falta insistir mucho— que es basura buena parte del arte contemporáneo que puebla los museos y galerías del mundo. Otras veces caigo en revistas cuyos colaboradores, evidentemente, están lejos de guardar semejante posición, y se afanan en cambio en los exámenes más o menos abstrusos que les impone aquello que van descubriendo y viéndose impelidos a comunicar. En ambos casos, me temo, acabo siendo orillado al bostezo y a la verificación de ciertas constantes: la crítica de arte está, por lo general, encantada consigo misma, se tiene a sí misma por algo respetabilísimo, y en consecuencia es incapaz de proponerse ningún sentido del humor, y mucho menos ningún gesto que atenúe su gravedad y sus ansias de fijación del sentido de aquello que la ocupa: así, parte —sin necesidad siquiera de enterarse— de su propio fracaso al renunciar a decir lo que en verdad quisiera decir, y de ahí vienen la ilegibilidad que muchas veces la posibilita, la vacuidad que la sostiene, la indiferencia que le permite sobrevivir. «La triste verdad que debemos aceptar es que, en el gran orden de las cosas, cualquier basura tiene más significado que lo que deja ver nuestra crítica», reconoció admirablemente el crítico gastronómico Anton Ego, en la reseña modélica e iluminadora que redacta como punto culminante de la película Ratatouille —y en la que sintetiza una claridosa moral del oficio a la que deberían asomarse muchos antes de empezar a farfullar sus pareceres. 
            Pacato como sabe ser, el Diccionario de la RAE da cuatro acepciones para la voz mamada, la última de las cuales (la que es mexicanismo) es la que nos interesa: «Despropósito». Estaremos de acuerdo en que la riqueza de significado que mamada posee, usada en este sentido, va mucho más allá: con ella se designa, sí, al despropósito, pero cometido a sabiendas, con ánimo de burla o de gracejada; también es aquello que resulta de la presunción y el alarde (como cuando un fubolista se adorna de más, y es por ello un mamón), o bien una tomadura de pelo que no llega a serlo porque nos percatamos a tiempo. Asimismo, es mamada una cosa incomprensible que finge ser lo contrario, sólo que mediante rodeos y mirándola desde determinados puntos de vista —pues, de condescender a ser desentrañada fácilmente, quedaría pronto denunciada en su insustancialidad: una boruca, vaya, un puro balbuceo. En el arte contemporáneo —y por qué no tendría que ser así, ultimadamente— no son infrecuentes las mamadas, posibles muchas veces por cuanto las propicia y las alienta el afán de excepcionalidad con que los artistas buscan tomarnos desprevenidos. Lo que no es común, o más bien no existe, es su identificación como tales, usando ése u otros términos afines. (¡Y con lo económico, satisfactorio, claro y sonoro que es decir «Esto es una mamada»! ¡Y con lo natural que es, y con lo mucho que se dice y se escucha, y con el contento que así se recauda y con lo mucho que sirve para poner a alguien en su sitio!). Sencillamente es algo que no habremos de ver por escrito, ni de escucharle a ningún crítico con un micrófono enfrente, pues nada más ajeno a su oficio que decir las cosas como son. No soy ingenuo (espero): sé que, de usar la palabrita, una crítica quedaría inmediatamente desactivada, pues saldría sobrándole todo lo demás que necesita —su engolosinamiento, su pirotecnia, la profusión de naderías que le dan cuerpo. Pero ¿no sería sensacional?

J. M. Coetzee: el misterio inagotable

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Lejos de la página en blanco, ese territorio siempre promisorio por las infinitas posibilidades que extiende para la imaginación de un novelista —así las exploraciones que éste emprenda lleguen a ser desventuradas o atroces—, la superficie sobre la que ha elegido escribir el sudafricano J. M. Coetzee es la de un espejo. La decisión supone tener delante, en todo momento, la imagen de sí mismo, y en esa imagen la mirada de los ojos de un hombre solo y en silencio, que ve las evoluciones de la prosa que se extiende sobre su rostro y, simultáneamente, los ojos del hombre que va trazándola, apenas interpuestos entre ambos los significados de las palabras con que buscan dar respuesta a las interrogaciones que se hacen recíprocamente. No es un empeño solipsista: fuera del espejo, en los libros a los que finalmente llegan y en los que las conocemos, esas palabras que este hombre dirige a sí mismo terminan, misteriosamente, por interpelarnos y concernirnos con un poder irresistible: la página del libro se vuelve entonces un espejo en el que descubrimos nuestro rostro asombroso, que a solas y en silencio nos hace las preguntas más insospechables. Y temibles...

«Jóvenes»

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Es por un principio de desconfianza ante las generalizaciones que he tenido que presenciar con reserva la afirmación en la discusión pública de las relativas multitudes de estudiantes los últimos días («relativas», digo, porque me parece que al juzgar una manifestación, pongamos, en virtud de lo exitosa que sea su convocatoria —cuántos participan—, y al dar por sentado así su alcance y lo significativa que, se supone, llega a ser, se omite tener en cuenta las otras multitudes formadas por desinformados e indiferentes que ni siquiera alcanzan a enterarse de la primera —cuántos dejan de participar—, y también las sumas que harían los individuos, imagino que incontables, inmunes por los motivos que sea al contagio del entusiasmo de quienes se manifiestan). De acuerdo: tal vez haya virajes históricos que, por su urgencia, sólo se pueda ir comprendiéndolos mediante generalizaciones apresuradas, en lo que hay tiempo de figurarse más puntualmente cómo han tenido lugar —es decir: cuando sea momento de explicarse qué pasó, y cómo. Pero también, creo, es importante estar alerta ante el peligro de que las generalizaciones entrañen una deliberada voluntad de indistinción y que ésta —a saber a conveniencia de quién— sólo abone a la confusión, al griterío y al desconcierto.
            No sé, por ejemplo, de qué se habla cuando se habla de «jóvenes», y me temo que se recurra tanto a ese término tan vago sobre todo en virtud del aura casi mística que le confieren sus connotaciones automáticas: la energía, la salud, la potestad del futuro, la inocencia y la buena fe y los anhelos mejores, la pureza de quien no ha vivido lo suficiente para alcanzar a corromperse. Y creo que basta recordar la propia juventud (que ¿cuándo se termina?) para reparar en que no siempre es preferible ser joven, y que calificar como tal también implica comportar lo indeseable de esa condición: el arrebato, la zafiedad, la ignorancia, la ilusión ingenua. También tengo dificultades con la generalización «estudiantes»: ¿en qué universidades, con cuáles carreras y formados por qué planes? ¿A quiénes han tenido o tienen por profesores? ¿Qué notas hay en sus boletas de calificaciones? ¿Con qué vidas —deseos, expectativas, planes, ideas de la realidad—, fuera de esa etiqueta que los iguala en nombre de la inconformidad? Si leen —quiero creer que sí—, no puedo imaginarme qué. Ni qué tan al tanto puedan estar de las razones de fondo (históricas, sobre todo) de la efervescencia a la que se afilian, más allá de las consignas que han de corear.
            Me da la impresión de que las demandas en marcha de «jóvenes» y «estudiantes», si bien son dignas de que las suscriba de inmediato cualquier mexicano con tantito juicio (yo también aborrezco a los candidatos y a sus partidos y a las televisoras), están formuladas con la misma vaguedad de esas generalizaciones, distan de ser una auténtica insurgencia y que su solo sustento es la emoción. Ojalá me equivoque —y esto no pase de ser una generalización más.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 31 de mayo de 2012.

Fuentes

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En una cultura como la mexicana, impensable sin su necesidad de figuras patriarcales a las que se confiere potestad absoluta sobre la inteligencia de la historia que presencian, descifran y protagonizan, es comprensible que la muerte de Carlos Fuentes haya sido deplorada desde un sentimiento de orfandad. Claro: también debe tomarse en cuenta lo inesperado del deceso, acaecido cuando el escritor recién había dado pruebas de hallarse tan activo como lo había estado siempre, trabajando y concitando la atención inmediata sobre su trabajo y sus proyectos literarios, pero además sobre sus pareceres como el intelectual presto a opinar acerca de la actualidad sociopolítica: acaso por lo súbito de la noticia, pero sobre todo por la notoriedad insuperable del personaje, daba la impresión de que era imposible: Fuentes, qué duda cabe, lleva décadas siendo el escritor más importante de este país… en los términos en que esa importancia está hecha de visibilidad, de omnipresencia mediática como figurante principal en la discusión pública y del carácter de emblema viviente que su tiempo le confirió como testigo (y actor), del México postrevolucionario y del Boom de la literatura latinoamericana y del pensamiento crítico ante el avance del modelo neoliberal.
           Así, fueron inevitables las desmesuras que resumen los encabezados de la prensa internacional —la presunta consternación de rigor, expresada de inmediato desde los niveles más altos del poder, y sus resonancias, que fueron del auténtico pesar de los auténticos lectores a los rebuznos con que candidatos y políticos oportunistas e ignorantes se sumaron al duelo. Y dio la impresión de que su ausencia podrá tener más peso que el que suman su obra, su intervención en los diversos presentes que atravesó y su influencia en quienes vienen detrás de él. El tránsito de Fuentes lo resume muy bien, me parece, el epígrafe de Guillén de Castro que instaló al frente de una de las piezas de Constancia y otras novelas para vírgenes: «Muera yo, pero viva mi fama».
       Novelista disparejo (hay consenso en que nunca consiguió superar sus títulos tempranos), narrador formidable en un puñado de cuentos, ensayista y articulista elocuente pero no imprescindible («enjundioso descubridor de lo consabido», anoté una vez, y sigue pareciéndomelo), fue en todo momento un escritor imponderable: se lo aceptaba y se lo celebraba sin más. Quizás, tristemente, ése sea su salvoconducto al olvido; tal vez no, pues puede que sea tiempo de justipreciarlo al fin —y qué sorprendente juicio puede extraerse del comentario con que Juan Villoro cerró la nota que publicó ayer aquí mismo, al citar un dicho reciente de Fuentes, «Si no vives como joven, te carga la chingada», y agregar enseguida que «su corazón se detuvo un segundo antes de que eso sucediera»:  ¿o sea que estaba a punto…? Al llorarlo, se ha insistido, por supuesto, en su amor a México. Ya lo esperan la tumba y la lápida que se mandó hacer en el Cementerio de Montparnasse, en París.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 17 de mayo de 2012.

«Debate»

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Se había anunciado que entre los temas del primer «debate» entre los candidatos a la gubernatura de Jalisco (bueno, lo que haya sido la hora y media de sopor que nos endilgaron a los ingenuos que nos aplastamos a verlos) estaría el de la cultura. Y así fue, con eso arrancaron luego de sus parlamentos de presentación. ¿Por qué entrar por ahí? Porque es un asunto del que no tienen ninguna intención de volver a ocuparse; porque lo aburrido o lo más aguado es conveniente despacharlo mientras el público todavía está acomodándose y no ha acabado de empezar a poner atención. Pero, independientemente de eso, se podría preguntar por qué habría que esperar de los candidatos (éstos o cualesquiera, en esta elección o en la que sea) que dispongan de planes al respecto, si se trata de una materia a la que son ajenos por definición y que en el gobierno que se proponen encabezar —como ha sido en todos los anteriores y como es, en general, en todos los rumbos de la administración pública en México— estará invariablemente lejos de ser prioritaria. La cultura, evidentemente, no les interesa a los candidatos, pero además están al tanto de que tampoco al grueso de los electores: de ahí que, como se vio el martes, se limiten a pergeñar (para salir del paso, para simular lo que ni siquiera haría falta que simularan) un manojo de obviedades, lugares comunes y bobadas.
            (Aprovecho para hacer una aclaración personal: ninguno de los candidatos tiene mis simpatías porque el primer requisito que yo le exigiría a alguien que aspirara a mi voto sería la decencia de renunciar a ser candidato en este sistema de imposturas que es nuestra pseudodemocracia averiada sin remedio. Y así cómo). Más allá de las indefiniciones y confusiones habituales en que reincidieron todos —siempre que sale la palabrita «cultura» a los políticos les da más bien por hablar de educación, identidad, recreación, turismo y hasta deporte—, lo que alcanzaron a exhibir los candidatos, antes de empezar a salpicarse con sus inmundicias (bueno, salvo la seño que prefirió ponerse a leer: pobrecita, se diría, pero ¿no es execrable también prestarse así a un juego en el que sabe que no tiene esperanzas, dilapidando así nuestro tiempo y nuestro dinero?), fue un lamentable vaticinio de que en este ámbito —porque uno de éstos va a ganar— seguirán prevaleciendo las ocurrencias y las fórmulas huecas según las cuales la cultura debería siempre servir para algo más: desarrollo, progreso, alejar a los niños de las drogas, que los mariachis retumben por toda la eternidad y otras estupideces por el estilo. Además dejaron claro que, de llegar, se propondrán —ya luego se verá qué pronto queda desmentido el que llegue— dar más presupuesto al aparato burocrático del rubro, que si no funciona sin lana, con la cartera gorda sólo demostraría funcionar peor. En fin: ya se vio qué traen entre manos —nada que importe—, ya nos podemos entretener con otras cosas.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 3 de mayo de 2012.

22 de abril

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No es sólo porque completa un «número redondo» que importa la suma del tiempo transcurrido desde la mañana infeliz en que Guadalajara fue abruptamente eviscerada por las explosiones que, a falta de una denominación más justa en términos históricos (pudieron llamarse como sus culpables, para garantizarles la infamia que merecen), terminaron recordándose por la fecha en que sucedieron. Veinte años son una vida en que pueden darse por sobrepasadas las ignorancias, las perplejidades y las incertidumbres de la infancia y la adolescencia, un punto en el que hace ya rato que se traspasó el umbral de la adultez y se ha comenzado a difuminar o confundirse lo que hubo antes porque el futuro ya nos lleva entre las patas. Piense cada quien en lo que era y hacía a los veinte años. Y Guadalajara, al cumplir esta edad —no es exagerado decir, me parece, que en la catástrofe del Sector Reforma se sucedieron la muerte de la ciudad que hasta entonces habíamos conocido y su traumática resurrección—, está en riesgo de terminar de desentenderse de lo que fue aquello y de sus consecuencias. (Además, en vista del presente convulso y precario que atravesamos, da la impresión de que la sociedad está violentamente abocada al olvido y a pasar cada vez más pronto cada nueva página del horror diario: conteste rápido: ¿recuerda qué día fueron los «narcobloqueos» de hace apenas unas semanas? Seguramente han sido lo peor que le ha pasado a Guadalajara desde 1992, y seguramente la ciudad no había vuelto a experimentar así el miedo. ¿Ya no nos acordábamos? Fueron el 9 de marzo).
            Uno se diría que es imborrable la impresión que dejaron las explosiones del 22 de abril en la memoria de Guadalajara. Pero quién sabe, y por eso es indispensable repasar aquellos días malvados: cómo, por consecuencia de la estupidez y la irresponsabilidad de quienes luego quedarían blindados por la impunidad, el mundo voló en pedazos para tanta gente que ahí quedó o que, si sobrevivió, fue al dolor de ver a los suyos arrebatados, al propio cuerpo malherido y lastrado, a la pesadilla de lo sucesivo. Luego, el estupor lo prolongaron (y a la fecha) la negligencia y el cinismo de las autoridades, por cuyo proceder miserable, como escribió Baudelio Lara, «la palabra tragedia se volvió un cliché, una sonora palabra trisílaba trizando sus tristes trazos en medio del discurso del poder». (Esto se lee en un ensayo que acompaña a una serie de dibujos hechos por niños damnificados, y que con tales dibujos está compilado en el libro Estela contra el olvido, reunión de textos literarios de treinta autores en torno al 22 de abril puesto a circular hace diez años por la editorial tapatía Arlequín y que, recientemente, ha sido relanzado en versión electrónica y gratuita, disponible en edicionesarlequin.com.mx). Lara también anotó ahí: «Trágicos los terremotos, las erupciones volcánicas, las hecatombes siderales: esto sólo es vergüenza: ira vuelta contra uno mismo». Eso fue. ¿Y de entonces acá? El avance del olvido.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 19 de abril de 2012.

Monstruitos

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 El país es un asco, de acuerdo, pero no precisamente el asco que pinta el corto de los «niños incómodos» que empezó a circular antier, y que ha recabado tanta atención. Primero, porque en el asco de todos los días no suena incesantemente, para terminar de pudrirnos la vida, la tonadita gangosa de José José. Felizmente. Segundo, y más importante, porque en esa maqueta de la descomposición nacional urdida por la iniciativa «Nuestro México del Futuro» faltan incontables elementos de peso que fueron convenientemente soslayados, y sin los cuales la supuesta crudeza del corto en cuestión queda sólo en la reiteración melodramática (y muy cursi) de un puñado de obviedades: sí, los diputados se jetean en vez de trabajar; sí, hay balaceras todos los días y los civiles inocentes no tienen más que tirarse al suelo; sí, hay mendigos y rateros y manifestaciones y taxistas vociferantes y policías corruptos y funcionarios corruptores y personajes corruptos que corrompen hasta que son secuestrados, y etcétera. ¿No sabíamos?
    Pero se echa de menos, por ejemplo, a un niño encarnando a un empresarito televisivo cuando palomea las porquerías que atestan la programación con que su emporio cumple funciones de Secretaría de Educación Pública; a una niña como la lidercita magisterial en sus amarres y las multitudes de adeptitos que, al trabajar por la prosperidad de ésta, se aseguran la propia —y, asimismo, lidercitos petroleritos, mineritos, burocratitas y demás—; faltan también el banquerito, el industrialito negrerito en sus trácalas y enjuagues, el evadorcito de impuestos, los presidentitos de partidos y los dueñecitos de éstos (un niñito verdecito, pongamos por caso); el arzobispito de espaldas a su grey, arreglando impunidades, encubriendo pederastitas y bendiciendo con su presencia a los ricachoncitos; y, por qué no, los candidatitos con sus fábricas de sandeces y todo su cinismo, y los gabinetitos identificables de la administración actual y las pasadas. Entre otros muchos.
    Acaso no sea tan asombroso que semejante producción menee, como por lo visto ha hecho, la nata sentimentaloide en que los mexicanos nos descubrimos chapoteando cuando no estamos sobrecogidos por el miedo, reducidos por el agotamiento de lo cotidiano o viendo que viene el Papa. Y es que para eso está tramado: para conmover, jamás para indignar. Pero conmover no sirve de nada, y en este caso es apenas una pretensión patética de chantaje: como si «Doña Josefina», «Don Enrique», «Don Andrés Manuel» o «Don Gabriel», ese póquer de ilusorias omnipotencias, acto seguido se vieran rediseñando sus planes para que cesara el infiernito de los niños que salen en el corto. «Siempre se habla de El Niño como si fuera un monstruo de inmenso tamaño, vasta complejidad y sorprendente novedad», escribió Chesterton, y por eso estos niños, así disfrazados y puestos a actuar, parecen monstruosos. Pero lo verdaderamente monstruoso es el tamaño de la ingenuidad nacional.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 12 de abril de 2012.

Impresiones

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Imagino que le pasará a cualquier persona que se halle de paso o de visita en cualquier lugar: al estar en un sitio al que no se pertenece (y qué querrá decir eso, por otro lado: acaso uno sólo llegue a pertenecer definitivamente al pedazo de tierra en que quedará sepultado), y al que por ende se está lejos de comprender o de figurarse más que superficialmente, sólo es posible arreglárselas con algunas impresiones fragmentarias, fugaces, y por eso muy posiblemente erróneas —o, en todo caso, susceptibles de precisarse si hubiera ocasión de averiguar sus causas—, que los pasajes por los que se atraviesa imprimen en los sentidos. En resumen: cuando uno está, digamos, en una ciudad que no es aquella en la que transcurre y se modula lo que entendemos por lo cotidiano (la vida de todos los días, en los rumbos por los que la hacemos), en una ciudad a la que se llega y de la que se sale, a la que se va por vez primera o incluso con alguna regularidad, pero en la que no se vive, las apariencias que salen al encuentro se superponen irremediablemente a cuaquier explicación, y lo que se ve es lo que hay.
            A esta embrollada obviedad me condujo una reciente y, por fortuna, brevísima incursión al centro de Guadalajara, en estos días en que la ciudad canjea a buena parte de sus habitantes por visitantes que la eligen como destino vacacional por razones que cada vez me parecen más difíciles de conjeturar: ¿qué esperan hallar aquí, qué les han contado, qué se proponen descubrir (o redescubrir quienes ya antes han venido)? Mi experiencia es la de un visitante del centro que inevitablemente ha de cotejar cada nueva vivencia de ese espacio con el recuerdo de tiempos en que esas vivencias constituían lo cotidiano: ahí viví más de un cuarto de siglo y, aparte de cualquier idealización propia de la contemplación a la distancia de la infancia o la juventud, no puedo sino encontrar decadencia, deterioro, abandono, horror y hostilidad crecientes. Pero ¿qué ven esos visitantes, con qué impresiones se quedan?
            Habría que preguntarles, claro, pero lo que me temo es que prevalezcan las impresiones de una ciudad enemistada consigo misma, revolcada en la suciedad inconcebible en la que se place, crispada y agresiva, vociferante y, en suma, temible. No hay en el centro, prácticamente, rumbo o estación (un edificio, un jardín, una fuente, una calle) que, pudiendo ser armoniosos y disfrutables, no se vean pronto corrompidos y estropeados por lo que Philip Roth llamó «la mancha humana»: la huella o la presencia de quienes estamos o pasamos por ahí para emporcarlo todo, para empujar lo que esté por caerse, para afear de una vez lo que aún no sea del todo horrible, para pasar unos encima de otros en nuestas ansias de desastre. El centro no era lo que es, no me cabe duda (por mucho que mi recuerdo atenúe las carencias o defectos que seguramente tuvo). Y lo que es —lo que se ve es lo que hay— resulta sencillamente indefendible.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 5 de abril de 2012.

Jorge Edwards: con el Señor de la Montaña

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Es fácil imaginar que la biblioteca cobró forma como la materialización de un ideal: la aspiración de apartarse del estrépito del mundo, la procuración del retiro y el sosiego, que son formas decorosas de la renuncia. Así, aquel severo recinto recordaría una fortaleza cuya reciedumbre habría de radicar, más que en el espesor de los muros, en la solidez de las piezas que la poblarían: volúmenes de los clásicos griegos y latinos, principalmente. Un ámbito austero, con pocas ventanas, suficientes sin embargo para la luz indispensable del día: una luz que, más allá de la paz de los viñedos, se extendía sobre el tiempo atroz que atravesaba Europa, y específicamente Francia: la misma luz que en París filtraba el rojo sangriento de las Guerras de Religión, y que al entrar en el torreón de aquel castillo del Perigord iluminaría —ya dispuestos los anaqueles y los volúmenes en ellos, ya grabadas en las vigas del techo algunas sentencias procedentes de esos mismos libros, vigilantes y a la vez inspiradoras— las palabras del hombre que construyó su biblioteca y que en ella se retiró a pensar. A pensar por cuenta propia, hay que decirlo, y a anotar lo que su juicio vino a encontrarse...

Publicado en el nuevo número de Magis: por acá, para seguir leyendo.

Visita

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Ya lo decía un personaje de Los relámpagos de agosto, de Jorge Ibargüengoitia: «¿Sabes a dónde nos conducirían unas elecciones libres? Al triunfo del señor Obispo». En la historia de México no se han visto ni se verán actos multitudinarios tan desmesurados como los que se han celebrado en ocasión de las visitas que los romanos pontífices han hecho desde hace 33 años... como no sea que el Papa actual vuelva alguna vez o los que le sigan hagan sus correspondientes peregrinaciones —que no faltarán, con lo redituable que ha demostrado ser la excursión a una tierra tan ansiosa de su presencia, tan alborozada cuando la tiene y tan perpleja cuando el Papa por fin se tiene que ir: en algún lado, ya no sé dónde lo vi, alguno de los incontables medios que dieron cobertura (también desmesurada) a la visita papal reportó que había un grupo de chamacas chillando desconsoladas porque Benedicto XVI no pudiera quedarse para siempre a vivir aquí.
            De la vez que Juan Pablo II estuvo en Guadalajara, en 1979, tengo un recuerdo felizmente borroso, de televisión en blanco y negro, apenas condimentado por los sarcasmos que mi muy juarista papá soltaba mientras veíamos la transmisión a salvo de las insolaciones, los apretujones y las alucinaciones colectivas que tenían lugar en el centro de la ciudad. El contagio de la exultación que experimentaban las muy católicas señoritas profesoras de mi colegio quedaba, en mi caso, neutralizado por el escepticismo y las ironías que mi papá tuvo a bien imponer en casa como filtro de lectura de lo que presenciábamos, y así llegué a hacerme una idea de que a López Portillo había que levantarle cargos de traición a la patria (se decía entonces que trajo al Papa para cumplirle el gusto a su madrecita) y, más adelante, en 1990, con Salinas y el restablecimiento de las relaciones diplomáticas con El Vaticano, me quedó claro (mi papá ya había pasado de los sarcasmos a la franca invectiva) que ya la cosa se había echado a perder irremediablemente.
            Pero esta vez, en un país que revienta de miseria, ignorancia, violencia, miedo, odio y cinismo, y con una Iglesia católica que nunca había estado de tal modo en entredicho, la cosa fue quizás demasiado lejos. Dejando aparte los «sentimientos religiosos» (esa entelequia peligrosa a la que se alude cuando se pretenden justificar excesos como los que vimos), ¿la visita del Papa qué vino a demostrar? Entre otras cosas, la facilidad con que es posible fabricar versiones del país a modo de quien mande, a cargo de una maquinaria mediática todopoderosa, inapelable y convenientemente genuflexa, y a cuenta del erario (que para eso está). No ignoro que abundaron las voces discordantes, pero ¿quién las habría de oír? México es ese candor pasmoso que enronqueció y se desmayó y cantó y echó porras y gimió al paso del papamóvil, in situ o por la tele, y que quedó encantado, agradecido, bendecido y en las mismas. O no en las mismas: tantito peor.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 29 de marzo de 2012.